jueves, octubre 19, 2017
Hojas Dominicales del Obispado de Terrassa
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Ignacio de Loyola, el eterno peregrino

ESCUDO EPISCOPAL SAIZ

Hemos finalizado la IV Peregrinación Diocesana de Jóvenes, que este año ha tenido como meta el santuario de Fátima con ocasión del centenario de las apariciones. Ha sido un auténtico regalo del Señor. Me gustaría en estas semanas recordar a algunos de los grandes peregrinos de la historia. El primero, san Ignacio de Loyola, cuya fiesta celebrábamos el pasado lunes. Nace en el castillo de Loyola en 1491. Es educado primero en el castillo de sus padres, posteriormente en Arévalo, y después sirve durante algunos años al virrey de Navarra. Todos reconocían en él notables cualidades naturales: valor, magnanimidad, fina destreza para el mando. Su vida tiene mucho de peregrinación, de búsqueda y encuentro. En la defensa del castillo de Pamplona es herido de gravedad. Este hecho sería determinante en su vida, pues durante su convalecencia se dedica a leer libros religiosos, a profundizar en la fe y a la imitación de los santos. De esta manera se inicia su proceso de conversión y su aventura espiritual.

En 1522 peregrina a Tierra santa, pasando antes por Aránzazu y Montserrat. Desde marzo de este año hasta febrero de 1523 lleva una vida pobre y penitente en Manresa, donde Dios le concede unas gracias místicas extraordinarias y comienza a desarrollar sus Ejercicios espirituales. A la vuelta de Tierra Santa estudia en Alcalá de henares, Salamanca y París. Allí coincide con Pedro Fabro y Javier. Será ordenado sacerdote en Venecia en 1537 junto a los primeros compañeros que comparten su opción de vida, con los que fundará la Compañía de Jesús, aprobada por el papa Paulo III en 1540.

Ignacio fue un gran peregrino en el sentido exterior: Loyola, Montserrat, Manresa, Barcelona, Roma, Venecia y por fin Tierra Santa, donde quiere quedarse el resto de la vida. Pero sus planes son frustrados y tiene que volver a Venecia, Barcelona, Alcalá, Salamanca, Paris, Loyola y nuevamente Venecia, esperando regresar a Tierra Santa, esta vez con sus compañeros. Finalmente, su peregrinación material acabará en Roma. Pero mayor aún fue su peregrinación interior, en la que los especialistas distinguen diferentes etapas. En un primer momento prevalecen los deseos de imitar a los santos, acentuando casi exclusivamente las acciones externas, grandes penitencias y austeridades. Esas penitencias son expresión de una fidelidad de caballero a lo divino, teniendo como referencia a un Jesucristo cada vez más conocido y amado. Esa primera etapa se caracteriza por la buena intención y una generosidad admirable.

Posteriormente vivirá una profunda experiencia mística que le marca para su nueva vida en la ciudad de Roma. Será una etapa de equilibrio entre su tozudez personal y su capacidad de adaptación con la realidad y con Dios; aprende a cooperar con El, a superar los propios deseos hasta llegar a la disponibilidad plena. Ignacio siente a ese Dios inspirador, que respeta la libertad de sus hijos, y se hará como un niño para entrar en el Reino. Finalmente, la entrega total de sí mismo quedará patente en la disponibilidad ante el Papa para el envío misionero. Además, se sentirá llamado a guiar a otras personas para que recorran el camino de conversión y crecimiento que él ha experimentado. El final de su peregrinación es la quietud, en sentido material, porque de hecho se quedará en Roma, pero sobre en sentido espiritual todo porque su vida contemplativa se centra definitivamente en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa