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Aplicarse a lo esencial (09/09/2018)

Escudo Episcopal de Obispo de Terrassa

Hoy quiero reflexionar sobre un principio fundamental para la convivencia y la paz social entre las personas y los pueblos inspirándome en la Doctrina Social de la Iglesia. Partimos del hecho que el ser humano es un ser social, y en consecuencia, el bien de cada persona está relacionado con el bien de todos. Entendemos por el bien común el conjunto de condiciones de la vida social que permiten tanto a los grupos como a las personas concretas el poder alcanzar sus objetivos y su propia perfección (cf. Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, nº 164). Es el bien formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien de modo real y eficaz. Para el creyente, desear el bien común y esforzarse por conseguirlo es una consecuencia de la justicia y la caridad.

Las exigencias del bien común se refieren al respeto y a la promoción integral de la persona y de sus derechos fundamentales, es decir, al “derecho a actuar de acuerdo con la recta norma de su conciencia, a la protección de la vida privada y a la justa libertad, también en materia religiosa” (GS 26). En segundo lugar, exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo. Por último, implica el compromiso por la paz, por la estabilidad y la seguridad de un orden justo, que garantice la prestación de los servicios esenciales para las personas: desde los aspectos materiales, al acceso a la cultura y la información y la tutela de la libertad religiosa; también la colaboración que se debe prestar en vistas al bien común de la humanidad entera.

Todos los miembros de la sociedad han de colaborar en la consecución y desarrollo del bien común, cada uno según sus capacidades, y todos tienen también derecho a gozar de las condiciones de vida social que resulten. Como subrayaba Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno : es «necesario que la distribución de los bienes creados se reforme y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuan gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados».

La responsabilidad compete también a las administraciones, porque el bien común es la razón de ser de la autoridad política. Estas deben garantizar la organización y buen funcionamiento de la sociedad civil, de modo que se pueda lograr el bien común con la colaboración de todos los ciudadanos. Las personas concretas, las familias y las instituciones difícilmente pueden alcanzar su pleno desarrollo por sí mismos; de ahí deriva la necesidad de las instituciones políticas, que deben facilitar el acceso a todos los bienes. Es deber de las administraciones armonizar los diversos intereses sectoriales con justicia. La conciliación de los bienes particulares de grupos y de individuos es una de las funciones más delicadas del poder público. En un Estado democrático, los gobernantes están obligados a fomentar el bien común.

No hay que olvidar, finalmente, que el bien común de la sociedad tiene una dimensión trascendente. Pido a Dios que nuestra historia, que nuestros esfuerzos personales y colectivos se liberen del pesado lastre de los intereses personales o partidistas y se apliquen a la construcción de la justicia, la paz y el bien común.


+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa