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Germanor (11/11/2018)

Escudo Episcopal de Obispo de Terrassa

El pasado mes de octubre participé en el Encuentro del Grupo Europeo de Cursilllos de Cristiandad en Kremsmünster (Austria). Allí tuve ocasión de compartir unos días de trabajo con dirigentes de diferentes países: España, Alemania, Italia, Ucrania, Austria, Portugal, Irlanda, Holanda, Chequia, Croacia, etc. Componíamos un mosaico humano y eclesial interesante en su variedad y complementariedad. Pude constatar la vitalidad de la Iglesia en los países de Europa del Este, donde los jóvenes viven su fe con gran naturalidad en medio de sus ambientes. Me alegré de sentirme parte de esta gran familia, extendida por tantos lugares, con personas y realidades tan diversas, pero unidas por una misma fe y que reciben el mismo mandato misionero de Jesús, que resuena aquí y ahora, y que procuramos realizar como Iglesia diocesana.

Un año más celebramos la Jornada de Germanor, recordando que la Iglesia es una gran familia y que todos tenemos una misión que cumplir al servicio de la comunidad eclesial y del mundo. Ahora bien, tal como está la situación, ¿cómo llevar a cabo esta misión, qué podemos hacer, qué podemos decir? ¿No será mejor estar callados y predicar con el ejemplo? Pues yo diría que hay que predicar con el ejemplo eficaz y la palabra oportuna, distinguiendo tiempos y lugares, pero teniendo presentes algunos elementos que perduran y apuntan a lo esencial. Por ejemplo, cuanto más individualista se vuelva la sociedad, cuanto más atrapada esté por el consumismo o por las redes sociales, más necesidad habrá de que anunciemos el sentido de la transcendencia, es decir, que el hombre es capaz de vivir el encuentro con Dios y con los demás.

Tenemos que enseñar a vivir la relación con Dios, a rezar y a recordar la verdad más profunda del ser humano: que Dios nos ha creado y que nos mantiene en la existencia. Se trata del primer don recibido, ya que desde el primer momento el hombre ha sido llamado a la unión con Dios y al diálogo con Él. Sin este diálogo, sin la oración, no se puede llegar a conocer la verdad sobre nosotros mismos. En el encuentro con Dios descubrimos nuestra verdadera identidad. Sólo podemos llegar a nuestra realización completa desde la experiencia de la comunión de vida con Él. Es pues necesario ayudar a vivir una espiritualidad que integre la realidad humana desde la fe: la familia y el trabajo, la formación y el compromiso, el tiempo libre y la diversión. En esta época de tantos cambios rápidos y profundos y sembrada de un relativismo creciente, tenemos que responder a los desafíos culturales continuados con una sólida formación.

Forma parte de la misión de la Iglesia transmitir principios y valores a los niños y a los jóvenes para ayudar a cada persona a crecer y a madurar, y también para colaborar en la construcción del bien común; hay que impregnar los corazones de las personas y la sociedad con los valores éticos que propicien la construcción de una sociedad más fraterna y solidaria. Hay que preparar a las personas para que sean competentes en sus ámbitos profesionales y también para que lleguen a una síntesis entre fe, cultura y vida.

Como comunidad eclesial hemos de ser también especialmente sensibles ante el sufrimiento humano, ante el hermano que llama a nuestra puerta, ante cualquier persona que sea tratada injustamente. Esta acción caritativa y social no es una simple organización de ayuda a la persona necesitada. Se trata de compartir la experiencia del amor de Dios que es capaz de generar una nueva relación con los demás. Es por eso que amar, compadecerse, ayudar a los hermanos necesitados forma parte de la esencia de la Iglesia, de su naturaleza más profunda.
Un año más esta jornada de la Iglesia diocesana nos ayuda a compartir todo este inmenso trabajo, a sentirnos que formamos parte de él, a colaborar para su mantenimiento y potenciación.


+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa